Jonatán Saville - El Pequeño Gigante



Jonatán Saville era un hombre pobre, débil y cojo, víctima de cruel maltratamiento en su niñez. El metodismo lo encontró en un hospicio; pero purificado y exaltado, llegó a ser una “antorcha que ardía y alumbraba” en la tierra. Su madre, una morava piadosa murió antes que él tuviera cuatro años. Su padre, buen hombre y muy útil en la iglesia y entre sus vecinos, era un cantero que encontró la muerte en la cantera cuando un montón de tierra le cayó encima. El niño estaba en el Hospicio de Hórton cuando tenía apenas siete años. Creció y llegó a ser un buen muchacho fuerte y activo. Un hombre de malos principios lo sacó del hospicio para explotarlo y lo puso a trabajar en las minas de carbón desde las seis de la mañana hasta las seis de la noche. Aunque tuvo que caminar dos o tres millas para el trabajo, el ingrato patrón le obligó a que todavía hilara hasta la hora de acostarse. Naturalmente su salud se quebrantó. Una vez cuando tenía diez años, regresaba del trabajo y siempre tenía que atravesar un pantano, pero esta vez estaba tan débil que no podía sacar sus pies del lodo. Un joven le ayudó y le llevó a la casa. Ya no podía ir más a la mina.

“Mis fuerzas”, él dijo, “fueron agotadas; me encontré más muerto que vivo, y mi alma estaba enferma dentro de mí”. El cruel amo le obligó nuevamente a pegarse al torno de hilar en la casa todo el día sin poder levantarse o moverse. Temblando con el frío un día, se acercó a la chimenea para calentarse. La hija de su patrón le dio un empujón tan brusco que se cayó al suelo y se fracturó el fémur. El gateó a su cuarto y se acostó en la cama, pero las demandas de su amo, acompañadas de terribles amenazas, le obligaron a regresar a su trabajo. Sosteniéndose por medio de una silla, intentó acercarse al torno de hilar, pero se cayó al suelo de donde el hombre enfurecido lo arrastró, y a la fuerza lo sentó en una banquita bajita delante de su trabajo. Trabajó durante el resto del día en agonía. Ningún médico fue llamado a enyesar la fractura; ningún tratamiento cariñoso recibió de la señora de la casa; se burlaron de los gemidos del pequeño niño sufrido. Gateaba en su cama en la noche donde unía el hueso fracturado con sus manitas. La naturaleza por fin sanó la pierna fracturada, pero se quedó impedido e inútil, encorvado casi hasta ser endosado y por algún tiempo tenía que gatear cuando salía de la casa. Sin esperanza de sacarle más servicios útiles, su amo le entregó de nuevo al hospicio, cargándole sobre sus espaldas con la pierna fracturada del pobre muchacho colgando en el aire. El superintendente del hospicio le tuvo compasión, le bañó, le consoló, le alimentó bien y le dio tareas fáciles de hilar; pero por algún tiempo no pudo dar vuelta al torno por debilidad y dolor. Los demás internados del hospicio le sanaron su corazón quebrantado con su cariño y compasión. Se acordaron de que su padre piadoso muchas veces había visitado y había orado en el funesto hospicio. Un ancianito le hizo unas muletas; un anciano soldado paralítico le enseñó a leer; y dentro de un año ya pudo leer la Biblia. Nunca se olvidó de su profesor benigno. Aún en su vejez, ya un predicador del libro Divino, él decía, “Bien me acuerdo de gatear entre las piernas temblorosas del ancianito soldado para decir mi lección”. Había sufrido tanto que cuando tenía catorce años era más pequeño que cuando tenía siete. Trabajó tan diligentemente que ganaba extra y gastó sus centavos en una escuela nocturna en la vecindad. Sobre sus muletas cojeaba a la capilla metodista de Bradford, llevando consigo un anciano, mendigo ciego, “el cojito guiando al cieguito”. La gente bondadosa, haciéndole cariño en la calle, le decía: “¡Pobre Jonatán! Las oraciones de su padre por él todavía se han de contestar”.

La Antorcha
Ninguno se imaginaba que a Jonatán le tocaría ser venerado en toda la iglesia y vivir en las páginas de su historia.

Después de permanecer algunos años en el hospicio, con una mejor salud, pero todavía muy débil, aprendió el oficio de urdir y este le ayudó a ganarse bien la vida. Se trasladó por fin a Halifax, el centro del resto de su vida larga y de grande utilidad. Allí, la instrucción religiosa que había recibido en la capilla metodista en Bradford maduró en una experiencia cristiana abundante y rica. Bajo un sermón por Benson, él recibió la paz de Dios. Llegó a ser un “director de oración” y de manera muy especial fue útil en este trabajo durante muchos años. El veterano Tomas Taylor reconoció la excelencia de su carácter y talento y le nombró “director de la clase”. En este puesto inmediatamente tuvo éxito sobresaliente. Su espíritu manso, subyugado por largos sufrimientos y santificado por piedad; su entendimiento claro especialmente de la Palabra de Dios estudiada bajo adversidades disciplinarias; sus discursos aptos ingeniosos, breves, avivados con alegría y en ciertas ocasiones, llenos de sana jovialidad causaron, no solamente a la gente sencilla, sino a las personas instruidas, a buscar su dirección religiosa. Había pasado por aguas tan hondas de aflicción, que jamás podría dudar la providencia misericordiosa de Dios para con los buenos hombres en sus pruebas y sus triunfos finales; siempre tenía un apalabra propia para los tristes o desalentados. Para el que padecía tentación, le decía: “Tú no puedes evitar que los pajaritos vuelen sobre tu cabeza, pero eso no quiere decir que tienes que dejarles hacer su nido en ella”; al temeroso de la muerte le dijo: “Si Dios te diera ahora la gracia para morir, te sería una carga. Él te dará la gracia para vivir ahora, y la gracia para morir cuando tú lo necesites”.

Pronto tenía dos clases y luego tres bajo su dirección. La primera clase “enjambró” seis veces y sus nuevos directores eran en la mayor parte, sus alumnos. Su celo, le impulsó a trabajar por la salvación de los campesinos alrededor de Halifax. No había capillas metodistas en ninguno de los diez pueblos vecinos. Viendo la gente regada por los valles y las montañas, lejos de ninguna iglesia y en un estado de tinieblas espirituales casi igual a aquellas de los paganos, consiguió la ayuda de otros tres laicos wesleyanos con el mismo sentir suyo y juntos visitaron a estos pueblos, celebrando cultos de oración los domingos y las tardes de la semana. Frecuentemente ganaba de siete u ocho almas para Jesús en un solo domingo. Durante la primera parte de esta época de su vida, el éxito sobresaliente que tuvo, no era como “predicador” sino como “evangelista orador”. Él y sus ayudantes sufrían persecución. Los inconversos molestaron tanto que uno tenía que hacerse de policía mientras los otros celebraban los cultos. A pesar de todo, siempre tuvieron éxito. En South Woram, no había un solo metodista cuando comenzaron sus labores; pero muy pronto se levantó una clase con veintidós miembros. En Luddenden un gran avivamiento acompañó sus labores humildes desde 1799 hasta 1801. En seis meses cincuenta y cuatro se hicieron miembros de la iglesia. Durante su vida vio la construcción de tres capillas en este vecindario y a muchos predicadores locales que respondieron al llamamiento divino. El grupito de “directores de oración” se reprodujo formándose en doce. Celebraron cultos en once aldeas en las cuales, en el principio, no había persona capaz de dirigir un culto. En la mayoría de ellas, él tuvo la felicidad de ver la construcción de capillas y salones para cultos. En uno de ellos muy concurridos, sus hermanos tuvieron que subirse sobre una mesa para orar. “Si ellos no lo hubieran hecho así”, él dijo, “creo que me hubiera sofocado por la multitud de la gente en el cuarto y por la pequeñez de mi estatura. Mientras que estaba orando, el poder de Dos nos sobrevino y muchos hallaron misericordia. Los mismos hombres que antes me habían perseguido ya se me acercaron como niños para recibir instrucción. Algunos de ellos después, llegaron a ser predicadores locales, aprobados, y de mucho éxito”.

En Halifax y en aldeas dentro de seis u ocho millas alrededor, siguió sus labores. Llegó a ser su apóstol. Por su impedimento físico, no podía montar caballo, pero a veces cojeaba hasta veinticinco millas en un solo día. “Frecuentemente, él y sus compañeros de oración”, dice su biógrafo “fueron asaltados con pelotas de nieve, huevos hueros y piedras; pero jamás se acobardaron; encontraron su recompensa en su propio trabajo”. Las nevadas del invierno y el calor del sol del verano vieron a Jonatán Saville caminando sobre las montañas, atravesando los valles, juntando a los pobres campesinos, dándoles una palabra de exhortación y por fin orando con ellos y para ellos. Se pude decir con certidumbre que ningún obrero cristiano en aquel vecindario jamás trabajaba tanto. Por su medio centenares fueron salvados de pecado y conducidos a Dios.

El Predicador
En el año 1803 se le extendió la licencia de “predicador local”. Prácticamente había sido predicador local durante muchos años, aunque nunca predicaba usando un texto. Su popularidad se extendió mucho; multitudes llenaron las capillas de Halifax para oírle, y él tuvo mucho éxito en contrarrestar las opiniones ateístas de Paine que prevalecían entre las clases trabajadoras de aquella ciudad. No intentó discutir sobre los errores, sino los contrarrestaba presentando las verdades sencillas y espirituales del evangelio. Su aspecto de cojo, su espíritu benigno, su profunda piedad, la originalidad de sus pensamientos, y su lenguaje sencillo pero poderoso, atrajeron irresistiblemente a las rudas masas. A la vez que tuvieron compasión, le reverenciaron y multitudes le siguieron. Su predicación era muy efectiva. Frecuentemente varias personas se convirtieron durante un solo sermón. Uno de sus biógrafos dijo, “él era el hombre de pueblo. Era un hombre pequeño y todos supieron las causas de ello. Tenía un genio agradable y brillante que hizo que todos supiesen que él estaba feliz; y eso tuvo por efecto encender e infundir alegría alrededor de su persona”.

Le invitaron de todas partes para predicar, no solamente en ocasiones ordinarias, sino en reuniones extraordinarias. Tuvo la dicha de predicar en el pueblo en cuyo hospicio él había vivido. Sus emociones son más fáciles de imaginarse que describirse. Al subir al púlpito su corazón se conmovió al recordarse de sus años en aquel lugar. “Si yo tuviera una sola palabra que haría provecho para vuestras almas”, él exclamó, “se os daría, aunque me costara mi vida. Porque a la misericordia de Dios, y a la bondad de vosotros debo mi vida. Si queréis saber en dónde recibí mi enseñanza o cuál fue mi escuela, era el hospicio allí no más; en él recibí todas mis clases a los pies de un anciano internado”. “Me alegré mucho,” dijo Jonatán, “saber después que la hija del director del hospicio se convirtió bajo este sermón. Ahora ella se encuentra en los cielos”.

En el cenit de su popularidad, después de haber predicado un sermón misionero, fue llevado a visitar a una enferma. Al no más de ver la casa, se quedó admirado. Se detuvo por largo tiempo mirando atentamente la chimenea. Era aquel mismo lugar inolvidable. “Mientras estaba allí”, dijo, “repasé mi vida y exclamé a mí mismo ¡Oh cuanto Dios ha hecho por mí! Me quedé pensando en los tres o cuatro años de amargos sufrimientos en esta misma casa. En ella sufrí la fractura de mi pierna. Me pregunté, ‘¿Es posible que el Señor me ha traído acá para orar con esta mujer?’” Se arrodilló y con corazón lleno oró por ella con tanto fervor y poder que ella también alzó su voz en suplicaciones. Su oración se volvió alabanza cuando su alma se sanó, aunque su cuerpo se quedó igual. “Oh Señor”, exclamó el buen siervo de Dios levantándose de sus rodillas “ahora me has pagado todos los sufrimientos de esta casa”. En eso, un ancianito de ochenta años, convertido a Dios bajo su ministerio, entró en el cuarto, se sentó junto a la chimenea y se juntó en la acción de gracias. “Fue un cuadro que merecía un buen artista” dice Jonatán. “Sin embargo ningún pintor hubiera sido capaz de pintarlo tal y como era”.

Si Jonatán Saville no sintió gratitud por la deformidad de su cuerpo, la sintió por las ventajas que le ofrecía en sus labores cristianas. Hizo irresistibles sus ruegos a favor de los pobres afligidos; y por contraste, reforzó sus talentos, especialmente durante sus predicaciones. Captaba el respeto tierno aun de los hombres más rudos. Ebrios le saludaban respetuosamente al encontrarlo en la calle. Ellos sabían lo que él había sufrido y sobre que había triunfado. “Es de admirase”, dice su biógrafo, “las pocas veces que le trataron descortésmente. Sin embargo, se cuenta de un caso que se tornó en bendición tal que el predicador cojo, por nada lo hubiera querido haber perdido. Yéndose a predicar en el campo, un ebrio le pegó una bofetada que lo botó y le llamó un diablito torcido. “El mismo Dios que me hizo torcido, te hizo a ti derecho” dijo el predicador levantándose. Sea que el ebrio entendiera la reprensión o no, la predicación que oyó en seguida, penetró en su corazón. Años después cuando Saville predicó en la ciudad de Hull, un desconocido le apretó la mano diciendo, “para siempre alabaré a Dios por el día en que le boté en la calle”. El siervo de Dios se quedó admirado. El desconocido se hizo conocer como autor de la ofensa antigua, y dijo que ella había resultado en su conversión y reformación.

Amigo de los Niños y el Consolador de los Desconsolados
Los niños le amaban y él tuvo gran éxito entre ellos. Siendo pequeño de estatura les parecía que era uno de ellos; y con su espíritu jovial era tan joven como cualquiera de ellos. Le rodearon en la calle y él les hablaba sobre temas religiosos sencillos, preguntándoles si asistían a la escuela dominical y si amaban a Dios. “Mi deformidad” él escribía, “ha sido el medio por el cual logré predicar centenares de sermones a los niños”.

Era un visitador constante de los afligidos. Siendo que él había aprendido por su propia experiencia triste compadecerse de ellos, muchos le llamaron deseando verle y oírle. “Sus visitas”, dice su biógrafo,” eran diez veces más que las de cualquiera de sus hermanos”.

Durante muchos años era uno de los más famosos predicadores de la Iglesia Metodista. Muchos de sus mensajes predicados en los cultos misioneros se calificaron como “brillantes, iguales a los de los más famosos predicadores”. Él se hizo igual con los más famosos líderes del metodismo. Apenas fueron sus capacidades superiores mas efectivos que el genio propio de Jonatán Saville.

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